Todo se apaga. Todo muere. Todo pierde su calor. El frío es, al final, lo único que perdura. El tiempo está quieto, nada pasa y todo transcurre. El inicio de Armonías de Werckmeister abre con un plano de una chimenea que es apagada. Es la hora de cierre de un bar. Uno de los ebrios hombres que se encuentran le pide a Valuska, un joven, que les haga su “espectáculo”. Valuska explica la danza cósmica y como, al llegar el eclipse, todo se apaga, todo se hace frío. Y es, en el silencio, donde suena la música. La magia rodea al discurso de Valuska y, tras ello, todo vuelve a moverse. Todo vuelve a brotar. El calor regresa tras un largo invierno. Pero Valuska no puede terminar el acto. Tras ello, camina solo bajo el eclipse nocturno.
Tras largo tiempo que dejé abandonado este blog pensé en retomarlo de una manera más enfocada. Decidí entonces que debía empezar de nuevo hablando directamente de una de las películas que más me han podido marcar. De esta película nació una obsesión. Pero no solo una obsesión como obra completa, si no que además tuve una obsesión con la primera secuencia de la misma, la cual he narrado en la apertura de este escrito. Considero esta secuencia la mejor apertura de la historia del cine. Esto es, principalmente, por dos razones. La primera, la magia y poesía metafísica que tiene la escena y como perdura anclada en mi persona desde la primera vez que me cruce con el filme. La segunda es como se condensa toda la obra en este breve periodo de 10 minutos. El mensaje de la película se encuentra entrelazado con la explicación inocente de Valuska. Con todo esto, quiero establecer que lo que escriba aquí sobre el filme no se debe tener como algo puramente inamovible, pues no percibo que el cine deba entenderse así. Una película termina en el espectador, variando así las interpretaciones sobre la misma. Añadido a esto, tampoco deseo desentrañar todos los aspectos de la película, puesto que nunca sé quién pueda estar leyendo este texto y no me gustaría arruinar una experiencia.
La armonía es falsa.
La armonía musical utilizada es falsa. Las grandes obras maestras son ejemplos de algo que no se puede llamar música. El sistema musical creado por Andreas Werckmeister, el sistema de uso extendido en occidente, no sigue la armonía divina y celeste, pues los tonos son interferidos y creados por el hombre. Es por ello que vivimos en un engaño musical. Hemos estado escuchando no-música. Este es el campo que trabaja el señor Eszter, familiar de Valuska al que este ayuda. Esto se une a la idea de que se ha de dar un cambio para regresar al orden.
Como punto añadido es la capacidad de trascender de la música compuesta por Mihály Vig para la película. No solo ayuda en la creación de la atmósfera onírica (y a la vez realista) y dramática, si no que es participe directo del mundo del filme, como un personaje más que hace presencia en momentos muy concretos (la mayor parte de la película transcurre en silencio). De hecho, la música se compuso antes de la grabación de la película. El tema principal de la película, el cual acompaña a Valuska, se queda anclado a tu persona una vez lo escuchas. Es, además, un ejemplo de como sencillez (está formado por 4 acordes) funciona mejor muchas veces que las piezas más complejas.
El Príncipe y la señora Eszter.
Un acontecimiento se acerca, la llegada del circo. Este porta a una gran ballena como principal atracción y es presidido por un misterioso príncipe del que se dice que porta un gran mensaje. El Príncipe es un personaje misterioso, extranjero, que nunca aparece en cámara, y que su presencia provoca las revueltas de sus seguidores, de la masa. El único momento en el sale su presencia (oculta por una pared) muestra un discurso de destrucción. Posteriormente, en la huida de Valuska, empieza la revuelta del pueblo, la masa ha sido convencida mediante un discurso populista no escuchado. Esto desencadena en una de las secuencias más cruda y triste de la historia del séptimo arte la cual muestra que aún queda algo de humanidad.
Por el otro lado se encuentra la señora Eszter, la cual va a visitar a Valuska buscando su ayuda. Es curioso el inicio de esta secuencia porque empieza con un plano similar al inicio de la película, el de una estufa. La diferencia es que Valuska aviva el fuego en vez de apagarlo. Tras esto aparece Tünde (señora Eszter) para pedir a Valuska que el señor Eszter (exmarido) consiga unas firmas. Esto lo consigue mediante la intimidación al joven Valuska. Otro punto que muestra la ideología de Tünde es el uso de la Marcha Radetzky de Strauss, pieza ligada a la ideología conservadora. Los dos personajes (Príncipe y Tünde) son caras de una misma moneda, ambos buscan el poder.
La mirada y la ballena.
Retrocedamos al inicio, cuando el inocente Valuska explica a los borrachos el funcionamiento del universo. Desde el inicio se puede ver el carácter soñador e inocente del joven. Tras la primera secuencia, tenemos otra en la que se ve como se preocupa por su tío y como lo cuida. Es la mirada de Valuska nuestra mirada como espectadores. Nosotros vemos los acontecimientos como los ve Valuska, quien, por inocencia, tarda en comprender lo que se avecina.
En la plaza del pueblo se encuentra el circo y la ballena. Valuska es el único que se atreve a entrar a verla ante los inmóviles vecinos que se encuentran en la plaza. Ahí se cruza por primera vez el protagonista con la ballena. Al salir, un hombre le pregunta sobre qué cosas horribles hay dentro. Valuska responde que solo hay una gran ballena de lejanos océanos mientras suena la música. En el segundo encuentro se produce la mirada entre Valuska y la ballena. El primero se compadece de los problemas formados por la ballena a pesar de su inocencia. Es la mirada de dos seres inocentes, dos iguales.
Mucho se debate sobre qué simboliza la ballena (un sueño muerto, la condición humana, etc), pero nada importa. Todo es una ruina. La violencia se lleva a los inocentes y solo quedan los vencedores, la ballena varada entre las ruinas de una plaza brumosa y el señor Eszter quien, al observar por última vez a la ballena entendiendo que son iguales, se retira lentamente, regresando a las armonías de Werckmeister.
Daniel H. Hompanera




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