Ryûsuke Hamaguchi relata en La ruleta de la fortuna y la fantasía tres historias distintas desde el punto de vista femenino. La primera se centra en cómo Meiko se entera, tras escuchar las palabras de su mejor amiga, Tsugumi, que la cita de esta última es su exnovio. La segunda historia relata como Nao, madre y estudiante universitaria, decide tender una trampa erótica a Segawa, profesor, por petición de su amante. Por último, el tercer relato narra el encuentro casual y equivocado entre Moka y Nana, quienes se confunden con otras personas completamente distintas a las que quieren contar los sentimientos que tienen encerrados por 20 años.
Si algo sabe hacer Hamaguchi es relatar con naturalidad, tranquilidad, sensibilidad y cinematografía pura. Cada plano se emplea para expresar las palabras que se cuentan y los silencios que escuchan. Una mirada, un mensaje al alma del espectador mediante una ruptura de la cuarta pared, un larga toma donde conversan los personajes... Hay un alma muy humana en estas historias, y eso se siente y aprecia. Pero, todo esto, solo puede darse de la mano de un director que sabe cómo y lo que quiere expresar y, por ello, emplea los recursos cinematográficos en ello, dejando de lado lo más estético e impresionista. Definiría este filme como una bella y delicada sakura.
Esta es una película conformada por tres historias independientes unidas por la perspectiva y por su relación con el amor (romántico, sexual o melancólico), pero, como toda obra compuesta de diversas historias, se puede apreciar relatos que superan a otros, es decir, no es completamente sólida. Así, pues, se observa un cierto orden creciente en la calidad de las historias, siendo la última una obra maravillosa, melancólica, emocional, empática y esperanzadora. Pero en las otras dos se aprecian puntos de la narración que no terminan de cuajar en el completo de su historia. Es, quizá, la pureza y la sencillez del último tercio lo que lo eleva al desnudarse a las emociones.
Para concluir este texto desde una perspectiva más personal, la historia de Moka y Nana simplemente me hizo llorar. Quizá soy débil a un cierto tipo de historias que narran otras historias que nunca sucedieron mientras solo queda el recuerdo melancólico de quien vivió.
Daniel H. Hompanera
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