Anoche fui a ver Alcarràs con mi amigo Andrés. La sala estaba más llena de lo que esperaba para una película autoral española de carácter contemplativo (aunque no estaba excesivamente repleta). Entre lo más destacado del comportamiento de los sujetos en la sala está la pareja que miraba el móvil con el brillo al máximo o la señora que se fue al baño y, tras acabar el filme, dijo, como crítica, que a la película le faltaba conexión entre escenas, que no iba de nada y que el padre estaba loco. Quitando a la anciana pija de turno que no ha conocido a un hombre de campo en su vida, hablemos del filme. Alcarràs ha supuesto, más allá de ser la segunda cinta de la directora catalana Carla Simón, ser la primera película española en ganar el Oso de Oro en Berlín desde que lo ganase La Colmena del reciente fallecido Mario Camus en 1982. Tras estos 40 años, Simón logra obtener el galardón con una cinta de corte naturalista y contemplativa. Alcarràs narra un verano en la familia Solé, la cual se dedica a la plantación de melocotoneros, pero, tras al final del estío deberá abandonar sus tierras tras generaciones dedicándose a ellas.
El estilo de Carla Simón se ha refinado con este filme recreando ese naturalismo que ya fue característico de su anterior película, Estiu 1993, con elementos que parten del lenguaje documental, del neorrealismo italiano, de Fellini y de la primera época de Abbas Kiarostami. La directora logra dotar de nostalgia, realismo y familiaridad a una ficción contemporánea que nunca ha ocurrido en el recuerdo de la autora, lo cual hace a esta película algo mucho más bello.
El reparto formado por no actores y la dirección que Carla Simón sabe darles hace que se sientan como una familia rural real, con comportamientos y capas complejas pero realistas. Junto a una fotografía que busca el estilo documental y la falta total de música extradiegética, el filme sabe configurar ese realismo. Pero también es una película llena de poesía visual con algunos planos generales que crean momentos de suma belleza (por ejemplo el de la grúa llevándose el coche o los de la lluvia) y, también, con algunos momentos que quedan como fragmentos de bellos recuerdos como cuando el abuelo y la nieta cantan juntos. La representación de paisajes y su gama de colores me recuerdan a ese primer cine de Kiarostami.
Los personajes son fieles reflejos de una realidad rural que se puede extrapolar a diversas partes de España y poseen problemáticas externas e internas reales. Con pocos elementos se dota de mundo interior a cada miembro de la familia. Además, también hay una gran representación de la vida en un ambiente rural catalán con la integración de festividades como el Ball de Diables.
En conclusión, Carla Simón se ha merecido ese galardón en el festival alemán con una película honesta que es capaz de capturar un fragmento de tiempo inexistente y presentarlo como una memoria pasada. Posiblemente sea uno de los mejores filmes españoles que se estrenen este año.
Daniel H. Hompanera


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