Deslizándose sobre estructuras de hormigón, viejos monumentos soviéticos transformados en los últimos resquicios de la extinción de una sociedad a millones de años en el futuro. Last and First Men es la creación de una película de ciencia ficción a partir de imagen, voz y música. Obra póstuma y ópera prima de Jóhann Jóhannsson, compositor, toma su historia a partir de La última y la primera humanidad de Olaf Stapledon.
Iniciaré esta crítica a partir de la imagen. Ante nosotros solo se muestran los resquicios futuristas de los monumentos de una civilización futura extinta. La imagen es acromática durante la mayor parte de duración del filme. Se destaca también el uso de un grano acentuado del formato de celuloide de 35mm. Si nos centramos en la imagen en sí, esta es indudablemente bella en sus formas y composiciones. Ahora bien, la imagen acaba siendo redundante por repetición, cosa que detallaré más adelante. Otro punto importante es ver de dónde viene la imagen y la selección de monumentos. La inspiración en el aspecto visual proviene de la obra del fotógrafo Jan Kempenaers que se centra especialmente en la fotografía arquitectónica.
Ahora bien, ¿qué narra Last and First Men? La película gira en torno a la comunicación vocal entre el futuro y el pasado (hecho por el cual la elección de los monumentos soviéticos es muy acertada) sobre la probable extinción humana. El punto que tanto ha resaltado la crítica de magazine es la falta de personajes, calificando el filme con la etiqueta "experimental". Esto es erróneo pues hay tres personajes, uno de ellos bastante evidente. El primero es la voz de Tilda Swinton que narra los sucesos acontecidos por nosotros, humanos. El segundo es el monumento. La forma toma un protagonismo especial en la narración. El tercero es el espectador, pues este es el receptor del mensaje de la voz futura. No es realmente complejo desentrañar esto.
La duración de la película se excede a pesar de su duración de 71 minutos. Uno de los efectos de dicho exceso es la ya citada redundancia de imágenes. Lo que en un principio es bello e impresivo acaba siendo revisitado una y otra vez perdiendo su fuerza. Y por otro lado, a pesar de querer guiarse solo con la imagen, Jóhannsson no la deja reposar haciendo que la voz se introduzca siempre la voz, demostrando no confiar en el poder de la imagen y cediendo ante la imperativa voz. Hay belleza en las imágenes y la banda sonora a la par que ideas interesantes, pero no se puede permitir que nos apabulle su factura y sobrevaloremos su contenido.
Daniel Hernández Hompanera



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