Inicia otra sesión en el cine Broadway de Valladolid. Abre una breve introducción de Javier Castán en la que relaciona O que arde con la película (relación que no veo tan oportuna). En la sala concurre el conjunto de los espectadores habituales de este tipo de cine en la ciudad, ancianos burgueses que se aburren en casa y deciden aburrirse fuera de ella. Y esto no lo digo sólo por las faltas de respeto del día anterior, sino por el armonioso canto del ronquido insufrible de la persona que, detrás de mí, decidió dormirse al inicio del filme (sin ningún tipo de exageración). Así daba inicio la mejor película proyectada en este ciclo de cine.
Don Palathara nos transporta a un tiempo y espacio concreto mientras sigue a una expedición de caza furtiva. El interés no es tanto la acción como la representación de las pequeñas piezas que componen ese pequeño fragmento del pasado. Todo se construye mediante los diálogos naturalistas, el plano fijo y largo y el sonido. La fotografía es el primer elemento que destaca en el filme con sus composiciones en plano general (normalmente). El movimiento es prácticamente inexistente salvo por algún travelling de ritmo lento. También utiliza de forma inteligente lo que se encuentra fuera de campo, ya que hace que se pierda el diálogo de la imagen. Ello da importancia a la representación de un tiempo pasado a través de la palabra. De hecho, la película inicia con una dedicatoria a una persona que le contaba historias, lo que refuerza lo oral como pilar de lo que busca expresar el director. El sonido natural es otro elemento que es capaz de expresar y transportar dentro del filme, destacando especialmente en la parte de la caza. En general estos elementos me hacen relacionarla más con el cine de Lav Díaz, en una versión reducida, que con Laxe.
Su punto más flojo es quizá su primer tercio. Este es, quizá, demasiado extenso y sin un poder evocador tan potente como el núcleo. A su vez, el final es bueno pero no a la altura de ese centro de la película, la cacería del gaur que se encuentra entre lo naturalista y lo espiritual, siendo un acto central realmente mágico.
Daniel Hernández Hompanera
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