El olor a incienso impregnaba el lugar. Cortinas negras intentaban crear un espacio apenumbrado, pero la luz se introducía entre los pilares de la casa de ladrillo. Mientras, la tarima silueteaba los espectadores, típicos jóvenes de 60 años, en un espejo de la pantalla. Así empezaba la proyección de Llevando al caballo a comer Jalebis en la Casa de la India. Una frase aparecía en la pantalla: "Esta película está basada en entrevistas y sueños de carteristas, vendedores ambulantes, trabajadores de pequeñas fábricas, trabajadores, cargadores y muchos más que laboran en Vieja Delhi".
El filme trata, precisamente, de ello. Es un manifiesto directo en contra del capitalismo que ahoga a las clases más bajas de la India. Todo ello inundado de sueños y cierto carácter pintoresco. El primer gran problema de la película se da con la narración, ya que sufre de constantes idas y venidas, así como cambios de tono. Lo que en un primer instante parece una película de sueños en general se convierte a la media hora en la historia de un carterista y trompetista de Vieja Delhi. Falta una dirección clara en este aspecto pues, en ocasiones, la cinta se comporta como un ciego intentando azotar una piñata. Además, ciertamente es redundante en exceso y ello puede cansar.
Existe una dualidad en el aspecto visual. Los planos en la noche son maravillosos (por ejemplo, el travelling que da inicio a la película o el sueño que referencia a El espejo), pero los efectos especiales se suelen sentir pintorescos y caen en lo cutre más que en el collage (que se encuentra más acertado en su gran final). Y eso lleva a otros aspectos problemáticos del film: mientras se critica la orientalización de la India por parte del turista occidental, se emplean tópicos pintorescos que, seguramente, faciliten su salida comercial en el extranjero.
Pero, pasando a un campo más positivo, hay un elemento que destaca de sobremanera en la película y es la mezcla de sonido. Desde el inicio se crea un gran interés con ese magistral empleo del ruido. Pero el interés en esta película sufre un avance en arco: inicia bien, tiene un acto final que es lo mejor de la cinta (y la redime), exaspera en su núcleo. Es cuando el filme se pone punk y abraza el postmodernismo que crea algo genial, con ritmo endiablado y de forma directa. Toda la crítica realizada se escupe aquí como un clavo punzante. Todo el collage que antes no cuajaba del todo se lleva al extremo y funciona. La pantalla se rompe y comienza la revolución, hasta que termina.
Daniel H.


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