Cualquier persona que me conozca un poco sabe que no soy especialmente fan de Haruki Murakami, lo cual podría haber sido una barrera de entrada para la última cinta de Ryûsuke Hamaguchi (La ruleta de la fortuna y la fantasía), Drive My Car, la cual se basa en el relato del mismo nombre. Pero Hamaguchi crea una gran película adaptando y mejorando notablemente el texto de partida, añadiendo modificaciones que van desde lo simple del coche (en el filme es un Saab turbo 900 rojo y en el texto es un Saab 900 convertible amarillo) hasta elementos más trascendentales como la forma de narración y su contenido intrínseco. Pero antes de citar esto, una breve sinopsis de Drive My Car. La cinta se puede dividir en dos partes: una primera centrada en los últimos días de la relación matrimonial de Kafuku hasta la muerte de su mujer, lo que sirve de prólogo a la segunda parte (la cual ocupa dos de las tres horas de la película). En esta segunda mitad, se narra como Kafuku decide aceptar ser el director de escena de un proyecto de teatro internacional que interpretarán, mezclando idiomas, Tío Vania. La compañía decide implantar una chófer (Misaki) por seguridad de Kafuku.
Más allá del esquema narrativo empleado por uno u otro, ya que Murakami empieza su narrativa en la imposición de una chófer al protagonista, hay diversos añadidos y cambios que hacen que la obra de Hamaguchi sea más interesante. El primero es el empleo en el filme de la obra Tío Vania de Antón Chéjov y como durante los ensayos e interpretaciones de la obra, así como la reproducción constante en el Saab de un cassette que contiene los diálogos del drama grabados por la difunta esposa de Kafuku, retroalimenta a la narración y sentimientos de los personajes de forma sutil y simbólica. Es todo un ejercicio de metanarración a partir de este segundo texto que se incrusta en el primero. El segundo cambio que quiero remarcar (y que no sea detallar los acontecimientos de la película) es que el tono del filme elimina ese lastre tan masculinizado y, ciertamente machista, que baña la prosa de Murakami. Un ejemplo tonto pero que sirve para explicar esto con el ejemplo: en el relato de Murakami a Kafuku no le gusta como conducen las mujeres y las encasilla en dos tipos de conductoras (agresivas o tímidas), mientras que en la película no quieren que conduzcan su coche porque es su templo de soledad. Y, para terminar, la forma de presentar la infidelidad en uno y otro es completamente distinta, teniendo Murakami una visión generalmente negativa y pérfida de la mujer, mientras Hamaguchi intenta empatizar con el mundo femenino.
Drive My Car es una película de ritmo pausado y talla sensible que tiene un crescendo emocional que tiene su catarsis en el maravilloso monólogo final en lenguaje de signos. La verdad es que hay poco que criticarle a esta cinta, ya que su guion funciona a la perfección y está perfectamente escrito y adaptado y la dirección sigue el estilo particular de Hamaguchi, basado en el naturalismo y en la sutileza de la sensibilidad poética. Esta es, sin duda, la mejor obra hasta el momento de Hamaguchi.
La fotografía es bella, pero se centra en apoyar los sentimientos que se quieren expresar. Además, hay que destacar todos esos planos internos en el coche, que son variados y expresivos. Como curiosidad, hay un par de planos en el filme que recuerdan a Solaris y Stalker de Andréi Tarkovsky, a pesar de que el estilo de Hamaguchi es realmente distinto al del soviético. El sonido es otro de los elementos interesantes, o más bien, su carencia. El silencio se emplea de forma magistral en lo dramático y emocional, reposa los pensamientos y hace que el espectador se imbuya de esa corriente sentimental del filme. Como he citado antes, al final este recurso se lleva al límite con esa maravillosa secuencia en lenguaje de signos.
Dolor. Al final eso es lo que comparten los protagonistas de esta película, los cuales tienen esa espina del recuerdo del pasado, de lo que fue y pudo ser, clavada en el alma. Hamaguchi logra con su filme que empaticemos con el dolor de los personajes mediante sus silencios y palabras hasta que, al final, como espectador silente de una muda obra de teatro, con una lágrima cayendo, nos redimamos de nuestras heridas internas.
Daniel H. Hompanera
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