Nunca he sido un gran adepto del cine de Paolo Sorrentino y su estilo barroco y sátiro. De hecho, mientras muchas personas admiraron La Gran Belleza, yo la vi como una versión inferior de La Dolce Vita (a pesar de que de la cinta de Sorrentino he de admitir que su poso melancólico sobre el paso del tiempo me gustó bastante, no es una mala película). Bueno, pues tras varios filmes y series de corte extravagante y barroco llega su película más calmada y, a su vez, más felliniana. Fue la mano de Dios es a Sorrentino lo que Amarcord a Fellini (con sus distancias).
Fue la mano de Dios nos sitúa en la adolescencia de Fabietto (alter ego del autor) en plena década de los 80 en Nápoles. El contexto nos sitúa días previos a la llegada de Diego Armando Maradona a la ciudad de Nápoles, lo que desborda el entusiasmo de toda la ciudad. Allí, como otro de tantos en una familia estándar de clase media, Fabietto conocerá el sexo, el dolor y el cine.
Estamos ante la cinta de narrativa más limpia y simple, que no por ello mala, de Sorrentino. Una limpieza de su habitual barroquismo que hace más vigente que nunca, en su reposo, la influencia de Federico Fellini. Es por ello que Fue la mano de Dios se ha ganado, para un servidor, el puesto de mejor obra de Sorrentino, por salir de su tono general. Claro que he de admitir que esto, más que un criterio empírico, no es más que un gusto personal hacia el cine de corte más poético y reposado, donde sobran las palabras y brotan las emociones. Pero, además de todo este retrato de la infancia, Sorrentino es capaz de mostrar diversos aspectos de la sociedad napolitana del momento con una crítica sutil (como todo lo acontecido con el personaje de Patrizia). Además, el filme sabe ser dramático, alegre y entrañable, mostrando una gama de tonos que hace que se sienta más real, a pesar de que las películas, películas son.
En cuanto a los aspectos más técnicos, la dirección más reposada permite ver una fotografía (en gran angular) de gran belleza y estética, donde además abundan los tonos azules de la hora mágica o del mar napolitano. También se pueden destacar esos bellos fotogramas entre monumentos italianos o en interiores. Por último, el movimiento constante de la cámara, entre travellings y paneos, facilita la integración del espectador en el filme como si de un espectro se tratase.
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