Corrían los primeros días de enero con días más calurosos de lo normal y con el corazón más roto de lo habitual. Con cierta pesadumbre, dediqué ese inicio de año a circular, sin un destino fijo ni un propósito marcado, por las calles de la ciudad. El mundo se había congelado, cualquier actividad había sido suspendida por una festividad que yo, en lo personal, no era capaz de celebrar en ese momento. Solo se observaba en las calles como los ebrios trasnochados se daban cita con los madrugadores devoradores de churros bajo la luz del alba. En un momento dado acabé en una pequeña plaza cerrada de Valladolid sentado y mirando al cielo mientras el tiempo transcurría en su quietud. Tras girar la cabeza al darme cuenta de la aparición de un fotógrafo, proseguí mi marcha desalentada. Ese día salí cuatro veces de mi casa sin un rumbo fijo y sin ningún propósito más allá que el de andar por realizar una acción que desactivase el funcionamiento de mi cerebro o que, por lo menos, lo llevase a mínimos. Al final acabé dormido a las 23:00 con indicios de migraña. El segundo día del año disminuyó en paseos y ganó en cine, ese gran amigo que nunca traiciona y que siempre alimenta el corazón (porque siempre habrán buenas películas). Tras ver Memoria, uno de los filmes por los que más interés tenía, este mediodía y realizar su consecuente crítica, seguí con diversas acciones hasta acabar la noche, al fin, con la última obra de Wes Anderson, The French Dispatch, la cual me perdí en su estreno en salas por coincidencia con la SEMINCI (al igual que me ocurrió con Petite Maman).
The French Dispatch es una obra que irradia el carácter y amor del mejor Wes Anderson. Esta es una película conformada por diversas crónicas periodísticas (ergo, historias) de lo más peculiares y pintorescas, cargadas, como siempre, del humor típico de su director. Del estilo visual de Wes Anderson se puede decir muy poco que no se haya dicho: simetría obsesiva, composiciones muy marcadas, colores inundados por la fantasía, carácter vintage, planos fijos con paneos, etc. Lo que sí se puede decir es que en The French Dispatch emplea los diversos formatos de imagen, color e incluso animación de la forma más variada y característica de su carrera, lo cual demuestra, aún más, la gran maestría del autor al combinar diversos formatos para narrar una historia. También es curioso señalar el homenaje a Jacques Tati (en concreto a Mon Oncle) al inicio de la película.
Y sobre la narración, la cual se enmarca dentro de la historia de cierre de "The French Dispatch" y su último número, he de destacar que, habiendo 4 historias maravillosas, destacaría las dos centrales (la de Moses Rosenthaler como pintor encarcelado y la de Zeffirelli como joven rebelde), aunque especialmente la de Moses, ya que esa historia del pintor atormentado y loco cuya musa es su carcelaria es demasiado bella, pero, a su vez, logra despertar genuinas carcajadas con la dosis de humor que posee. Quizá la historia que menos juego da es la primera, pero esta sirve más como presentación del entorno.
¿Y qué decir del reparto? Simplemente es un reparto de lujo, aunque típico de la obra de Wes Anderson (quiero decir, repiten actores típicos de su filmografía como Owen Wilson, Bill Murray, Tilda Swinton, Adrien Brody, Frances McDormand, Saoirse Ronan, Léa Seydoux, Willem Dafoe, etc). Las incorporaciones más destacadas a este elenco típico de Anderson serían Timothée Chalamet, Benicio del Toro y Jeffrey Wright.
Tras unos días protagonizados por el pesar y con el peso que arrastran los días incesantes pero vacuos e insuficientes, observé The French Dispatch y, como ya consiguió en ocasiones anteriores Wes Anderson, con esta pequeña carta de amor al periodismo llena de fantasía y humor iluminó mi corazón y me hizo ser feliz durante las horas de su metraje. Si algo le agradezco eternamente a Anderson es saber traerme la magia y esbozarme una sonrisa. De vez en cuando se necesitan películas como esta, obras que calienten el alma.
Daniel H. Hompanera
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