Se le debería prohibir la entrada al cine a los viejos. Se deberían destinar fondos públicos para el desarrollo de un dispositivo que inmovilizase y silenciase durante 2 horas a las personas de más de 55 años. Se debería hacer honor a su nombre y dinamitar a la generación boomer o, en una acto menos extremista, crear una sección aislada e insonorizada para ellos, donde puedan seguir creyéndose superiores a otras personas sin seguir molestando al mundo, aunque sea durante 2 horas. Con esta pequeña reflexión completamente pacifica y para nada inspirada en el hecho de que estuviese rodeado por parejas de cincuentones y sesentones que plantearon el Teatro Carrión como el salón de su casa y que dinamitaron la experiencia cinematográfica de un filme oscuro y turbio para convertirlo en su comedia favorita (pues el hecho de que un personaje muestre signos de TOC les parece muy gracioso, así como la cara de Iñaki Gabilondo).
Una vez desahogado, procedo a hablar del filme que nos ocupa, la inaugural No mires a los ojos. La película protagonizada por Paco León narra como Damián, carpintero de mediana edad, tras ser despedido, actúa de forma violenta en un ataque de ira y acaba escondiéndose en un viejo armario, lo que lo llevará a la casa de una familia donde se quedará a vivir como un fantasma. La película es una adaptación libre de la novela Desde la sombre de Juan José Millas.
Para empezar, y como suelo hacer, la dirección de la película inicia de forma interesante pero se normaliza bastante según avanza la trama. Existen algunos elementos interesantes en lo visual en el último tramo de No mires a los ojos, pero aún así no me parece nada verdaderamente excepcional. Un elemento que es bastante interesante en lo técnico es la mezcla del sonido, sobre todo al inicio de la película.
El filme emplea un narrador sospechoso en primera persona, Damián, a través de una entrevista en un programa de televisión ficticio que, finalmente, se retroalimentará e integrará con los propios sucesos de la película. Esto es interesante en principio y funciona bien para aligerar la carga turbia de una obra que se centra en el voyeurismo y la obsesión, pero que acaba siendo utilizado en demasiados momentos de la misma, convirtiéndola en algo más literario y menos cinematográfico (pues no expresa tanto con la imagen) y que interrumpe demasiado la acción y tensión de las escenas.
Por otro lado, en cuanto a la propia historia narrada, esta tiene un punto al cine de Paul Thomas Anderson con un protagonista que bien podría ser la versión más desquiciada de Barry de Punch-Drunk Love. Otro elemento llamativo es su narrativa conectada con la realidad de la cuarentena al centrarse en un personaje que, básicamente, decide encerrarse en el armario de una casa. Por último, hay que citar que la actuación de Paco León es realmente interesante y muy lograda, especialmente al verlo fuera de sus registros habituales.


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