Todo pasa tan rápido y tan despacio a la vez. Como una vorágine de tiempo que te absorbe mientras, a su vez, te borra como el mar a la tierra. Seguramente me encuentro en el proceso de desvariar por la cantidad de obras cinematográficas que estoy observando esta semana (hoy, mismamente, tengo dos largometrajes y un cortometraje). Bueno, ayer visité, por primera vez, la sala principal del Teatro Calderón de Valladolid, sin duda el más grande y bello de la ciudad. Allí visioné el cortometraje The Flying Sailor de las canadienses Wendy Tilby y Amanda Forbis y el largometraje Return to Dust del chino Li Ruijun, ambas obras conectadas por mostrar el paso de la vida, aunque cada una de forma distinta.
The Flying Sailor se basa en el testimonio de un marinero que dijo volar 2 km en una explosión y vivió para contarlo. Más o menos como Carrero Blanco pero sin la parte de vivir. Sobre esta idea, las directoras hacen un viaje de ascenso y descenso donde se tocan temas como la vida, la muerte, lo terrenal y lo extraterrenal en un viaje bellamente animado. No es algo completamente excepcional, pero es un buen cortometraje.
Return to Dust es la sexta película del director chino Li Ruijun y, probablemente, la que más proyección internacional ha logrado. Esta narra la vida de Cao y Ma, los cuales han sido obligados a contraer matrimonio y viven de la forma más precaria posible en la China rural como agricultores. Estos acabarán siendo expulsados de su hogar puesto que el dueño decide derrumbarlo para cobrar 15000 yuanes, lo que los lleva a construir una nueva casa con sus propias manos mientras conectan entre ellos.
El filme de Li Ruijun posee una belleza poética simplista que recuerda a la forma de los haikus. Expresa de forma pura tanto sus ideas como sus sentimientos, sin verse nublada por trucos o recursos ajenos y, cuando golpea emocionalmente, lo hace de forma profunda. Recuerdo como ayer brotaron tres lágrimas, primero una en el ojo derecho y luego dos en el izquierdo (quizá fueron más), en medio de la gran sala repleta del Teatro Calderón.
La dirección en Return to Dust es otro gran punto a favor del filme. Esta, más allá de una bella fotografía en la que predomina lo lírico y los encuadres dentro de encuadres, con su ritmo lento y contemplativo favorece la comprensión y conexión de la película, igual que lo es la naturaleza, la tierra y el polvo de donde todo surge y todo muere.
Sobre lo narrativo, más allá de su poesía visual, se puede extraer una muestra de la situación de pobreza en la China rural actual, problema que se viene acarreando desde hace muchos años como se puede ver en películas como Ni uno menos (Zhang Yimou, 1999), pero también refleja como esas zonas y esa vida conectada con la naturaleza va desapareciendo en pos del progreso. En cuanto a su personaje principal, Cao, este es un ejemplo de personaje inocente, anclado en sus creencias pasadas y en su amor por la naturaleza (algo que se muestra en actos como salvar nidos de gorriones), pero dicha inocencia hace que sea llevado por unos y otros, como una suerte de burro o Baltasar (el burro de Al azar de Baltasar, no el rey mago). Lo curioso y bien traído aquí es que su mejor amigo y compañero es un burro, pues estos son iguales. La misma similitud posee su esposa Ma, habiendo sido maltratada toda su vida hasta llegar a este matrimonio donde, por primera vez, es feliz. Por último, como punto crítico, quizá su último cuarto de hora se siente un tanto alargado.
En conclusión, Return to Dust es una de las películas más bellamente simples del año y un regalo al alma. También es, sin duda, de lo mejor de la SEMINCI de este año.
Daniel H. Hompanera



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